El maelstrom
que me intenta arrastrar últimamente me da un momento de respiro y me siento como Karenin, sólo que yo no puedo ser Karenin por una cuestión de carácter y la historia, pequeño detalle, no acaba mal.
El recuerdo de
la gran novela, su traición, mentira, pasión, rutina, deseo, patetismo y muerte me devuelven por un instante las ganas de escribir, pero el yoismo es un conocido impertinente con el que no estoy dispuesto a compartir más tiempo. Por ahora. Va, venga: que vuelva el silencio. Pero antes: ¡Qué viva Tolstoi!